PALABRAS DE LA AUTORA


Escribir este libro es ante todo una suerte de aspiración y reto para cualquier estudioso de la cultura musical cubana de nuestro tiempo.

Misión tan ambiciosa como la de intentar atrapar al hombre y su obra en la medida exacta de su dimensión, resulta una tarea nada fácil. Más aún cuando se trata de una personalidad que se desenvuelve vitalmente en el mundo de las ideas y del arte, y que constituye, sin dudas, una figura de éxito y de popularidad mantenidos durante más de un cuarto de siglo, sobre la base legítima de la calidad artística y la continua labor.

No obstante, he asumido el riesgo y me he empeñado. Quizás me hayan dado valor algunos antecedentes de trabajo que al respecto me favorecen: se trata de mi libro Sobre la guitarra la voz…, de 1987, dedicado a un estudio monográfico acerca del movimiento de la nueva trova —marco estético-musical en donde se define el creador que me ocupa—, y una posterior investigación de carácter particularidazado, Historia y análisis de la canción de Silvio Rodríguez, que me sirvió para culminar mis estudios de Musicología, en la Facultad de Música del Instituto Superior de Arte, en 1989.

Sin embargo, aún cuando lo anterior bastase para justificar la pretensión de mi presente esfuerzo, no sólo ha sido el devenir lógico de mi desarrollo profesional el que me ha traído a las puertas de esta nueva incursión. Debo confesar que, inevitablemente, ha existido en mí una fuerza generacional que me involucra y me exige.

Precisamente, tal vez sea por esto último que deseo prefijar ante todo tipo de lector la definición exacta de mi intento. Como premisa fundamental traigo conmigo la propia obra del creador: a una labor prolífera, tan profunda y tan humana, no hay posible acercamiento que no exija en sí mismo el más estricto respeto, mucho rigor y la más desprendida dedicación.

No pretendo, pues, derivar de mi trabajo ni un bestseller comercialista ni una biografía «oficial» —aludiendo al término empleado por algún ideólogo reaccionario— ni una apología oportunista ni una ostentación de mis capacidades intelectivas ni mucho menos una demostración de afectividad.

Es mi intención, simplemente, la de corresponder con la dignidad requerida, dentro del mismo espíritu, rigor y laboriosidad que han acompañado a los esfuerzos sagrados del hombre en su empeño de ennoblecer y plasmar de belleza la vida, a través de su obra artística.

Reclamo así, con todo derecho, que mi obra sea entendida como lo que en esencia es: éste, mi unicornio desprejuiciado y vital, escapando de mí a rienda suelta, en un cautivador viaje a la fértil semilla.

A Ghassan, mi esposo,
porque aunque lejos
está conmigo.
A mi madre y a mi hija,
por estar junto a mí.


Clara Díaz Pérez,
1995.